domingo, 22 de noviembre de 2020

Capítulo 1: los orígenes del cementerio de Murcia

Una brevísima introducción a la Historia del mundo funerario: de la Prehistoria a la Cristiandad medieval.

El Cementerio de Nuestro Padre Jesús es sin duda uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de Murcia. Pero antes de adentrarnos en él y descubrir sus panteones y tumbas, sus paisajes y las historias de las personas que allí descansan, es necesario que conozcamos primero la propia historia del cementerio, qué circunstancias empujaron al Ayuntamiento de Murcia a crearlo y el turbulento y prolongado proceso que llevaría a la definitiva creación del mismo.

Aunque el cementerio, tal y como lo entendemos hoy, es una creación contemporánea, sus orígenes se remontan a la Prehistoria reciente. Desde el mismo instante en que los seres humanos abandonaron los modos de vida nómadas y fundaron los primeros poblados, que con el paso del tiempo se irían haciendo más y más grandes, nuestros antepasados se encontraron con el problema de qué hacer con los difuntos. Aunque las estrategias de las distintas culturas y civilizaciones fueron –y son- variadísimas, digamos que una gran mayoría de grupos humanos optó por, a las afueras de las “ciudades de los vivos”, fundar otra ciudad donde descansaran eternamente aquellos que habían pasado a la Historia, una “ciudad de los muertos”, esto es, una necrópolis.

A esta conclusión llegaron en la Antigua Roma. Aunque inicialmente éstos enterraban a sus difuntos bajo las casas, finalmente esta práctica sería prohibida por ley, al comprobarse que los cadáveres eran focos de numerosas enfermedades. Así, los romanos fallecidos serían enterrados a las afueras de las ciudades, en los bordes de las vías de entrada y salida de las mismas, formando necrópolis. Los musulmanes, por norma general, continuaron esta práctica romana de enterrar a sus difuntos en tumbas dispuestas a lo largo de las vías de comunicación de las ciudades, siempre fuera de la muralla. Las diferencias más notables estriban en que en Roma, sociedad ampliamente multicultural, los ritos funerarios eran relativamente diversos, existiendo distintos rituales que podían terminar tanto con la inhumación del cadáver como con el entierro de sus cenizas si a este se le incineraba, al tiempo que el mayor o menor lujo del monumento funerario nos hablaba del estatus socioeconómico del difunto. Los musulmanes, en cambio, ceñidos a la estricta ley islámica, debían enterrar a sus muertos de la misma forma, de lado, sin ajuar y orientados hacia La Meca. Todas las tumbas debían ser iguales, reservándose el privilegio del mausoleo para aquellos individuos extraordinariamente importantes, como grandes santos o místicos.

Desde los mismos orígenes del Islam, la Ley Islámica ordena que las tumbas de todos los musulmanes deben ser humildes, apareciendo en los cementerios islámicos la una sociedad igualitaria, que no se corresponde con la realidad de los vivos. En la mayoría del resto de culturas, los muertos son tan desiguales como los vivos.
En la imagen, el cementerio tártaro-islámico de Varsovia, Polonia.
Fuente: Wikipedia Commons.

El panorama cambió con la llegada del cristianismo. Los cristianos comenzaron a enterrarse dentro o alrededor de las iglesias, siendo la ubicación del difunto  indicativo de la posición social del individuo. Los cristianos más ricos y poderosos se enterraban, si las dimensiones de la iglesia lo permitían, en una capilla anexa a la misma, financiada con su dinero y destinada a albergar los restos de su persona y su familia, así como al ofrecimiento de misas a Dios por sus almas. El resto de cristianos se enterraban bajo el suelo de la iglesia, siendo las posiciones próximas al altar las más prominentes. Los más pobres quedaban fuera de las iglesias, enterrándose en sus inmediaciones, formando pequeños cementerios.

Los siglos XVIII y XIX. El nacimiento del cementerio contemporáneo. La creación del Cementerio de Nuestro Padre Jesús.

Con el pasar de los años y los progresos en medicina e higiene públicas, en especial en el siglo XVIII, se hizo notorio lo absolutamente insalubre que suponía el tener, en una ciudad, varios edificios llenos de cadáveres en distintos estados de descomposición a los que acudían decenas de personas todos los días.

Así fue como el rey Carlos III, con el apoyo del conde de Floridablanca, dictó una Real Cédula en 1787 por la que obligaba a enterrar a los difuntos en cementerios construidos a las afueras de las ciudades. Esta medida se encontró con la oposición de la Iglesia, que no quería perder el monopolio de la gestión de la muerte, así como de la opinión en contra de gran parte de la sociedad española que, cargada de superstición, no querían dejar reposar a sus difuntos fuera de sagrado. Así vemos como, durante el reinado de la bisnieta de Carlos III, Isabel II, en 1849 vuelve a dictarse una Real Orden prohibiendo tajantemente el enterramiento en las iglesias, señal de que buena parte de la población había hecho oídos sordos a la orden de 1787.

Carlos III, Rey de España entre 1759 y 1788 fue uno de los principales exponentes del despotismo ilustrado en Europa, que buscaba conjugar las nuevas ideas de la Ilustración con el sistema político del Antiguo Régimen. La imagen corresponde a un retrato del monarca en 1765 por el alemán Anton Raphael Mengs.
Fuente de la imagen: Wikipedia.

Pero en la ciudad de Murcia la orden de Carlos III sí se cumplió, inaugurándose el 1 de noviembre de 1796 –bendiciéndolo el obispo- el cementerio de la Puerta de Orihuela, en el actual barrio de La Paz. Poco después, en 1811, y tras una epidemia de fiebre amarilla que diezmó la población de Murcia, abría sus puertas un segundo cementerio, conocido como de La Albatalía, de la Puerta de Castilla o de San Andrés, ubicado en el paso de la autovía por Ronda Norte, en aquel entonces un lugar ubicado en plena huerta y a un paseíco de la ciudad.

El transcurrir de los años iba a revelar la incapacidad de estos dos cementerios de absorber las necesidades de la ciudad. En el siglo XIX Murcia era una próspera ciudad de provincias que, estimulada por el desarrollo de la agricultura hortofrutícola de exportación y su lugar privilegiado en el cruce de caminos entre Madrid y Cartagena; y Andalucía y el Levante, sin prisa pero sin pausa, no dejaba de crecer. Así comenzó Murcia a extenderse hacia el cementerio de la Puerta de Orihuela, próximo a la ciudad: tanto es así que la misma capilla del cementerio comenzó a ser utilizada como parroquia por las personas que comenzaban a instalarse en las proximidades del camposanto.

Los problemas del segundo cementerio fueron distintos. Al construirse con las prisas propias de una epidemia, no se eligió el lugar más adecuado. Estaba más lejos de la ciudad que el otro, sí, pero en un terreno muy húmedo por la proximidad de varias acequias y bancales, generando problemas de olores y convirtiéndolo en un lugar desagradable. Así, una Real Orden de 1883 clausura estos cementerios, haciéndose imperiosa la necesidad de abrir uno nuevo, definitivo, cuanto antes, si bien en 1877 el arquitecto municipal, Gerónimo Ros Martínez, ya había comenzado con la planificación del nuevo cementerio, aunque abandonará el cargo en 1882 sin haber concretado nada.

Sin duda uno de los temas más importantes a tratar era el de la localización. En el mismo 1877, el marqués de Pinares donó unos terrenos de su finca en Santo Ángel, a los pies del santuario de la Fuensanta, para la creación del cementerio, con la condición de reservarse un lugar privilegiado para el panteón de su familia. Con todo, el Ayuntamiento desestimó la propuesta, pues en aquella época el lugar era ya un espacio de recreo para los murcianos, y levantar ahí un cementerio no parecía una buena idea, evitando, sin saberlo, que más de un siglo después el cementerio se convirtiera en el escenario del botellón de la romería de la Fuensanta. Finalmente, en 1883, el Ayuntamiento convocó a los murcianos a un concejo abierto donde se decidiera definitivamente el lugar, que resultó elegido por gran mayoría: los Llanos de Espinardo y el cerro de San Cristóbal. 

El proyecto de un nuevo cementerio tuvo a su principal enemigo en los obispos de Cartagena, destacando el prelado Tomás Bryan (1885-1902). En 1880 el proyecto quedó paralizado por falta de entendimiento entre las partes. Pero el Ayuntamiento, ante la necesidad de contar con un nuevo cementerio, decidió proseguir. Esta vez contó con el decidido apoyo de los murcianos, viviéndose en la ciudad, ante la cabezonería del obispo por impedir la construcción del cementerio, varios episodios de anticlericalismo, aunque de poca importancia.

Así, en 1884 se compraron 90 000 m2 en el lugar, comenzando las obras. En esta primera fase se construyó el muro perimetral y algunos pabellones, faltando la capilla y la portada monumental. A pesar de ello, el 1 de noviembre de 1885 se realiza el acta de recepción y el párroco de Espinardo bendice el camposanto el 5 de junio de 1887. El encargado de la bendición fue el cura de Espinardo debido a que el obispo no pudo acudir “por motivos de salud”: por oposición al cementerio.

Esta negativa  de Bryan al cementerio se saldó con nuevos episodios de disturbios en la ciudad en apoyo al Ayuntamiento. Las partes se entendieron finalmente ese mismo 1887, comprometiéndose el Ayuntamiento a indemnizar a la Diócesis de Cartagena con 1500 pesetas por la pérdida de los dos cementerios anteriores –de propiedad eclesiástica- y con la cesión gratuita de un terreno en el nuevo cementerio para la sepultura de sacerdotes y religiosos/as que no fueran de clausura.

Será el Gobernador Civil de Murcia el encargado de presidir la inauguración oficial, el 28 de octubre de 1887, inaugurándose la capilla y produciéndose el primer enterramiento oficial, aunque, en esos meses de vida, la cifra de enterrados rondaba ya los ochocientos. A pesar de ser un cementerio inaugurado y en funcionamiento, faltaba terminar el lado sur del recinto, edificando una portada monumental de acceso.

Plano General del nuevo cementerio de Nuestro Padre Jesús.
Fuente: Archivo Municipal de Murcia.

A finales de 1887, Rodolfo Ibáñez, arquitecto municipal y director de las obras del cementerio, deja el cargo por motivos de salud. Ocupará su lugar el arquitecto José Marín Baldo, que morirá en 1890 sin haber realizado obras de entidad en el cementerio. En 1891 es nombrado sucesor de Marín Baldo un joven llamado Pedro Cerdán Martínez (1863-1947).  Cerdán, nacido en Torre-Pacheco, es sin duda uno de los arquitectos más célebres de la Región. A lo largo de su vida diseñará edificios de corte ecléctica o modernista como el Mercado de Verónicas, la fachada del Casino –junto al escultor Manuel Castaños- y los colegios Cierva Peñafiel, García Alix, El Carmen y Andrés Baquero, todos ellos en la ciudad de Murcia; así como la Casa del Reloj, en San Pedro del Pinatar; y el Mercado de La Unión, en colaboración con Víctor Beltrí.

El arquitecto pachequero Pedro Cerdán Martínez (1863-1947), cuyas obras embellecen ciudades de toda la Región.
Fuente: Región de Murcia Digital.

Antes de que pudiera desarrollar toda esta brillante carrera, Pedro Cerdán se estrenó rematando nuestro cementerio municipal, diseñando la que sería la portada monumental del Cementerio de Nuestro Padre Jesús, construida entre 1895 y 1896. Su historia, como la del cementerio en sí, también está plagada de desacuerdos, peleas y divertidas anécdotas. Pero eso ya es otra historia.

 Bibliografía y Webgrafía:

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 4: Nuestro Padre Jesús y la memoria histórica

  En esta última entrada descubriremos un aspecto más de nuestro querido cementerio municipal. Hablaremos del cementerio como un lugar de m...