domingo, 24 de enero de 2021

Capítulo 4: Nuestro Padre Jesús y la memoria histórica

 En esta última entrada descubriremos un aspecto más de nuestro querido cementerio municipal. Hablaremos del cementerio como un lugar de memoria, de memoria histórica. Pero, ¿qué es la memoria histórica?

Hay tantas formas de entender la memoria histórica como historiadores la han tratado. Me gustaría ofreceros mi propia visión sobre la memoria histórica.

HISTORIA Y MEMORIA HISTÓRICA

En primer lugar, cabe distinguir dos conceptos, historia y memoria. La Historia es la disciplina que trata de reconstruir el pasado de la Humanidad de la manera más objetiva posible. Tras décadas de desarrollo de la disciplina, los historiadores sabemos que nunca vamos a conocer el pasado tal cual fue, porque éste ya no existe. No obstante, el pasado nos ha dejado unas pistas, las fuentes, que el historiador toma para su investigación. No solo estamos condicionados por las fuentes preservadas, también por nosotros mismos, por nuestras circunstancias: intereses, ideología, formación previa, herencia cultural... Siendo conscientes de sus limitaciones, los historiadores investigan el pasado no con objetividad, sino con una pretensión de objetividad, utilizando un método, el método histórico.

El otro concepto es el de memoria. La memoria no es objetiva, ni busca serlo. Es el recuerdo o relato que sobre la Historia tienen los individuos. La memoria puede ser individual o colectiva, y hay tantas memorias colectivas como colectividades hay en las sociedades humanas: memoria familiar, local, regional, nacional, de clase, de género... 

Esta memoria histórica puede ser tanto de acontecimientos de nuestro pasado más próximo, como de otros lejanos en el tiempo. La memoria es una herencia, transmitida de generación en generación, y que se encuentra afectada por distintos actores. En el caso de la Contemporaneidad, quizá el más importante sea el Estado.

Tras las revoluciones liberales, en Europa aparecieron numerosos Estados-nación. Derribado el barniz religioso con que las monarquías absolutas habían legitimado su gobierno, la burguesía dominante de los nuevos países europeos tuvo que elaborar una ideología, el nacionalismo, que diera sentido a la creación de los nuevos países y cohesionara a la sociedad. Así aparecieron los símbolos nacionales, como la bandera, el escudo, la gastronomía o la indumentaria "tradicional", así como la elaboración de una Historia nacional, que rastreara en el pasado los orígenes de la nación. Los mitos se buscaban tanto en el pasado más remoto (Viriato, asedio de Numancia) como en el más reciente (Trafalgar, Guerra de Independencia, Agustina de Aragón).

El discurso nacionalista era lanzado a las masas a través de distintas vías. Primeramente a través de la educación, pero también mediante el nombre de las plazas y las calles, la erección de monumentos, panteones y mausoleos donde se honraran a los "héroes de la patria", las fiestas nacionales...

Sin embargo, cuando en España hablamos de memoria histórica nos referimos a otra cosa, ¿no? "Memoria histórica" es un concepto polisémico. Aunque a día de hoy en numerosos países del mundo se goce de un sistema democrático y de una relativa paz, interna y externa, si echamos la vista atrás la situación actual en España y Europa es una anomalía histórica, algo excepcional. La Historia se encuentra salpicada de sangrientos conflictos donde un bando no solo derrota al contrario físicamente, sino que también se encarga de ofrecer a la posteridad el relato de los hechos acaecidos. Para estudiar las Guerras Púnicas, solo contamos con la versión de los vencedores, los romanos, que nos han transmitido su versión del conflicto. En este sentido, la memoria histórica consiste en el ejercicio por parte de distintos actores sociales (historiadores y divulgadores, activistas, el propio Estado...) para dar voz a los vencidos, a los represaliados, y restaurar su recuerdo, su memoria, borrada por los vencedores.

CUANDO HABLAMOS DE MEMORIA HISTÓRICA EN ESPAÑA

En España, entre 1936 y 1939 se libró una sangrienta Guerra Civil que enfrentó a los partidarios del gobierno del Frente Popular -republicanos, nacionalistas vascos y catalanes, socialistas, comunistas y anarquistas- contra los partidarios de una Junta Militar que contaba con el apoyo de grupos fascistas, monárquicos, conservadores y de la alta jerarquía eclesiástica. La Unión Soviética y México apoyaron a la República, la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini a los sublevados. La guerra, plagada de crímenes cometidos por ambos bandos, causó alrededor de un millón de muertos.

Los militares sublevados contra la República terminaron venciendo en 1939, implantando una feroz dictadura dirigida por Francisco Franco hasta su muerte, en 1975. Desde 1936 hasta la década de 1950-1959, el régimen de Franco llevó a cabo un intenso programa de represión que provocaría la desaparición de 120 000 personas, el fusilamiento de 50 000 y el exilio de medio millón de republicanos españoles, algunos para no volver nunca.

Durante los cuarenta años de Franquismo, el Estado español se encargó de hacer justicia con los represaliados por los republicanos, juzgando a los criminales y exhumando las fosas comunes de "nacionales", dándoles sepultura digna. 

Además, el Franquismo elaboró un relato histórico de la memoria del conflicto en el que se contaba que la Guerra Civil, "la Cruzada", había enfrentado a la España contra la "Anti-España", formada por rojos, ateos y judeo-masones, que querían destruirla. El aniversario del golpe de Estado, llamado "Alzamiento Nacional" (18 de julio) fue elevado a fiesta nacional, y numerosas calles y plazas se rebautizaron como "avenida del Generalísimo", "plaza del Caudillo", "avenida José Antonio Primo de Rivera", "avenida 18 de Julio", "calle de Arriba España"...

Con la llegada de la Democracia, llegó el olvido. En 1977, la Ley de Amnistía concedió la Libertad para los presos políticos de la dictadura a cambio de que no se investigaran y juzgaran los crímenes del Franquismo. Ley de Punto Final. Borrón y cuenta nueva.

Durante décadas, la sociedad española aceptó esto. "Hay que mirar hacia el futuro", "lo pasado, pasado está". Pero los gritos que desde las cunetas gritaban los represaliados por toda la geografía española se iban haciendo más y más fuertes.

En el año 2000, comenzaron las exhumaciones de represaliados por el Franquismo por Emilio Silva, nieto de un republicano fusilado que se propuso buscar el cadáver de su abuelo, oculto en alguna fosa del municipio leonés de Priaranza del Bierzo (León). Tras su caso, cada vez más familias de represaliados se movilizaron para buscar los restos de sus seres queridos, recibiendo el apoyo solidario de gran parte de la sociedad. En el mismo 2000 nacía la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.

El apoyo del Estado se hizo de rogar. No fue hasta 2007 cuando el Congreso de los Diputados aprobó la Ley de Memoria Histórica, comprometiéndose a recuperar la memoria de los republicanos, colaborando en la exhumación de los represaliados y en la eliminación de monumentos y calles franquistas. En 2013, el Ejecutivo de Mariano Rajoy dejó sin efecto la Ley al no destinarle partida presupuestaria alguna, aunque con la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa la financiación regresó, y actualmente el Gobierno trabaja en una nueva ley, más ambiciosa, la Ley de Memoria Democrática, que completará y blindará lo estipulado en la de 2007. El nuevo Ejecutivo manifestó su compromiso con la memoria exhumando a Franco del Valle de los Caídos, en octubre de 2019.

MURCIA. GUERRA Y REPRESIÓN

El golpe militar de julio de 1936 fracasó en toda la provincia de Murcia. En la capital, las milicias de partidos y sindicatos obreros rodearon el Cuartel de Artillería Jaime I para impedir cualquier intentona golpista y grupos de milicianos armados se hicieron pronto con el control de la ciudad.

La provincia se mantuvo en manos republicanas hasta marzo de 1939, y se mantuvo alejada de la línea de frente durante toda la guerra. La ciudad de Murcia no contaba con ninguna importancia militar ni estratégica. Así, mientras los aviones italianos y alemanes bombardeaban plazas como Alicante, Cartagena o Águilas en Murcia se vivió cierta calma durante todo el conflicto. Es por ello que se convirtió en una plaza fundamental para la retaguardia republicana.

Despedida en la Estación de El Carmen de un convoy de 90 carabineros republicanos.
Autor: Sáez, 1 de agosto de 1936.
Fuente: Archivo ABC.

Los murcianos de la capital nutrieron al Ejército Popular de la República con dos brigadas, la 6ª y la 20ª, y la ciudad se convirtió en un punto fundamental en el sistema sanitario militar republicano con cuatro hospitales de sangre instalados en el Instituto de Enseñanza Media (hoy Lco. Cascales), el Colegio Marista del Malecón, el Casino y la Universidad de Murcia, convirtiéndose la actual Facultad de Derecho en el Hospital Universitario Federica Montseny, en honor de la ministra de Sanidad. Estas instalaciones fueron utilizadas en su mayoría por voluntarios de las Brigadas Internacionales.

Cuando la Facultad de Derecho era el Hospital Federica Montseny.
Autor: Hans Landauer, 1937.
Fuente: Tudmur.

Murcia se rindió sin resistencia a las tropas franquistas a finales de marzo de 1939, en la llamada Ofensiva Final. Una vez tomada la ciudad, comenzó la represión.

En la provincia de Murcia hubo once campos de concentración. Nueve ubicados en distintos municipios de importancia (Archena, Cieza, Caravaca de la Cruz, Jumilla, Lorca, Moratalla, Mula, San Javier y Totana), y dos grandes sistemas concentracionarios en Cartagena y la propia Murcia. En Murcia funcionaron como centros de represión los conventos de las Claras, las Isabelas y las Agustinas, además de la Cárcel Provincial (hoy Cárcel Vieja).

En esos años se escribieron las páginas más negras de la historia del Cementerio de Nuestro Padre Jesús. Cientos de personas fueron fusiladas en las tapias del cementerio, enterradas en cinco grandes fosas comunes. Entre los asesinados se encontraba Fernando Piñuela, alcalde socialista de Murcia entre 1936 y 1937 (que consiguió salvar la mayor parte del patrimonio artístico religioso de la ciudad concentrándolo en la Catedral y custodiándola con hombres de su confianza) y muchos brigadistas enfermos que no pudieron escapar con sus compañeros en 1938.

Así quedaron las cosas hasta la Transición. Excepcional y afortunadamente, no se tuvo que esperar hasta los 2000 para reparar la memoria de estas víctimas del Franquismo. Al menos en parte. En 1979, fueron exhumados los restos de 377 republicanos y de 150 brigadistas. Los primeros fueron enterrados en el Panteón de los Caídos por la Libertad; los segundos en el Panteón de las Brigadas Internacionales.

El panteón de los Caídos por la Libertad el 14 de abril de 2018.
Autor: José Luis López Mesa.
Fuente: tercerainformacion.es

Año tras año, en fechas como el 14 de abril, el Cementerio de Nuestro Padre Jesús se ha convertido en un espacio de memoria de los represaliados del franquismo, concentrándose diversos colectivos sociales en torno a ambos monumentos, para recordar y reivindicar la memoria de los que cayeron en su lucha por la República y la Democracia.

Detalle de la vista frontal del panteón de las Brigadas Internacionales.
19 de octubre de 2020. 
Imagen propia.


BIBLIOGRAFÍA Y WEBGRAFÍA



sábado, 19 de diciembre de 2020

Capítulo 3: el cementerio como reflejo del cambio social. El Cementerio Islámico de Murcia.

En el primer capítulo del blog hicimos mención a las disputas sostenidas entre el Ayuntamiento de Murcia y la Diócesis de Cartagena por la creación del Cementerio de Nuestro Padre Jesús. El asunto en discordia era su titularidad, dependiente del municipio y no de la Iglesia. Pero, más allá de la titularidad, el cementerio era un cementerio católico. Además de la iconografía de las tumbas y panteones, que eso responde a las creencias de cada individuo allí enterrado, la planta del cementerio es de cruz latina, posee una capilla católica y el propio nombre del cementerio no deja lugar a dudas: Nuestro Padre Jesús, advocación de la imagen titular de la Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, cofradía más famosa de la Semana Santa de Murcia por realizar la popular procesión de Los Salzillos.

Como un cementerio católico, a los católicos de reconocida piedad estaba reservado el espacio mayoritario y principal del cementerio. Algunas zonas marginales del recinto fueron destinadas a aquellos que no casaban con el ideal de unidad católica presente en la época de la Restauración (1874-1931) marco político en el que se inserta la construcción del cementerio. Estos difuntos de segunda eran los niños muertos sin bautizar, los suicidas, los cristianos no católicos y, en definitiva, todos aquellos que no casaban con el modelo social hegemónico y que, sin embargo, compartían vida y muerte con la mayoría de la población de fe y moral católica.

Ilustración aparecida en la revista liberal "La Madeja", en 1875, que muestra el problema de la cuestión religiosa como los dos futuros que España puede elegir, ¿tolerancia o absolutismo?
Fuente: Wikipedia.

En la Edad Contemporánea, una de las cuestiones que mediatizaron los enfrentamientos entre las llamadas "dos Españas" fue la cuestión religiosa. Unidad católica frente a la secularización y libertad de cultos. Curiosamente, el establecimiento definitivo de la libertad de cultos en nuestro país se produjo durante la Dictadura de Francisco Franco (1939-1975). Así, en una época en que la religión católica inspiró como nunca el obrar del Estado español, al calor del aperturismo producido en la Iglesia con el Concilio Vaticano II (1962-1965), el 28 de junio de 1967 Francisco Franco sancionó la Ley de Libertad Religiosa, que autorizaba a los no-católicos a profesar libre y públicamente sus creencias religiosas, lo que afectaba a la esfera funeraria. Así, el artículo octavo de la ley rezaba: 
  • Uno. Todos los españoles tienen derecho a recibir sepultura conforme a sus convicciones religiosas. Se tendrán en cuenta sus disposiciones, si las hubiere, siempre que sean compatibles con el orden público y las normas sanitarias vigentes.
  • Dos. Las asociaciones confesionales no católicas podrán solicitar la adquisición y habilitación de cementerios propios en aquellos municipios donde tengan una sección local anotada en el Registro a que se refiere el artículo treinta y seis.
  • Tres. En los cementerios municipales se habilitará, cuando sea necesario, un recinto adecuado para que los no católicos puedan recibir sepultura digna conforme a sus convicciones en materia religiosa.
Estos principios quedaron definitivamente consagrados en la Constitución de 1978 y en la Ley Orgánica 7/1980 de 5 de julio, de Libertad Religiosa.

A pesar del reconocimiento de este derecho, la mayoría de la población española permaneció siendo católica durante algunas décadas más, hasta que, desde los últimos años del siglo XX, gracias a la prosperidad económica, España, históricamente un país de salida de emigrantes, se convirtió en un país de acogida de centenares de miles de inmigrantes, provenientes generalmente de Hispanoamérica, el Magreb, África subsahariana, el Este de Europa y China.

Así, aunque en los últimos cuarenta años se han alternado períodos expansivos y regresivos de población inmigrante en España, ésta no ha dejado prácticamente de crecer, salvo en los peores años de la crisis económica de 2008. Así, en 2019 vivían en España 6 104 203 inmigrantes, el 12'9% de la población. La Región de Murcia ha sido una de las comunidades autónomas preferidas por los migrantes para asentarse, conformando, en 2013, el 15'69% de la población.

Esta masiva llegada de inmigrantes ha supuesto, junto al crecimiento del agnosticismo y el ateísmo en la población nativa, la definitiva pérdida del monopolio católico de las mentes de los españoles. De entre todas las religiones que en los últimos años han crecido en Murcia, y en España, la que más ha crecido es el Islam. A inicios de 2019, había 1 993 675 musulmanes en España, conformando cerca del 4% de la población. Murcia es una de las comunidades con más población musulmana, con 112 527 musulmanes residiendo en la Región de Murcia, el 7'6% de la población. Es la quinta comunidad islámica más grande de España.

Tal cantidad de musulmanes pronto necesitó un cementerio propio que les permitiera disfrutar de ese derecho, reconocido por la legislación española, a una sepultura digna y conforme a sus creencias religiosas. Así, en una fecha tan temprana como 1996 se encarga el proyecto de creación de una Maqbara, un cementerio islámico, dentro del recinto del cementerio de Nuestro Padre Jesús, realizándose 27 de abril de 1998 el primer entierro. Inicialmente contaba con una superficie de 600 m2, con 108 fosas excavadas y orientadas a La Meca, una pequeña mezquita y una sala para preparar al cadáver de acuerdo a los ritos islámicos de purificación. Es el segundo cementerio islámico más antiguo de España, tras el de Madrid.

Imagen del cementerio islámico de Murcia. Se observa la mezquita y varias de las fosas.
Fotografía: Angel Domingo Cayuela Portela.
Fuente: Ayuntamiento de Murcia.

A los pocos años, y debido al continuo crecimiento de la comunidad islámica de Murcia, el cementerio se quedó pequeño. Así, a lo largo de las primeras décadas del siglo XXI se han realizado dos ampliaciones, la última de ellas en 2020, contando ahora con 169 fosas y 1313 m2.

Una vez más, observamos cómo el cementerio, ciudad de los muertos, es reflejo de la ciudad de los vivos, evolucionando con ella. Cuando se construyó, a pesar de ser un cementerio público, Nuestro Padre Jesús era un cementerio tan profundamente católico como la Murcia que lo construyó. En las últimas décadas Murcia se ha convertido en una ciudad multicultural, donde conviven en paz gentes que creen en varias religiones, o no creen en ninguna. Así, en nuestro querido cementerio, junto al mar de cruces, ángeles y vírgenes se alza hoy, verde y brillante, una cúpula rematada por una media luna.

Webgrafía:

sábado, 28 de noviembre de 2020

Capítulo 2: La leyenda de Pío Tejera

En esta segunda entrada del blog realizaré un ejercicio de microhistoria, esa bella rama de nuestra disciplina que consiste en conocer el pasado a través de las personas en cuanto a individuos, estudiando sus alegrías y sus penas, su vida y su obra, siempre que nos lo permitan las fuentes, claro. Nuestro protagonista, enterrado como no podía ser de otra forma en el Cementerio de Nuestro Padre Jesús, es uno de esos murcianos que vivieron en la apasionante Murcia del XIX. Fue un hombre culto, erudito, reconocido por sus paisanos en vida, pero olvidado por los murcianos de hoy: José Pío Tejera.

Apuesto que el 99% de las personas que me lean no sabrán quién es este hombre. La mayoría de murcianos conocemos a los personajes ilustres de la localidad sin conocerlos, esto es, a través de las calles y plazas de Murcia. Así, tenemos noticias de José Martínez Tornel, el marqués de Corvera, Acisclo Díaz, Ricardo Gil, Jara Carrillo... por nuestro callejero, pero sin saber nombrar siquiera la profesión o la época que les tocó vivir. De este modo, mis lectores más callejeros, habrán reconocido a Pío Tejera como una calle más del barrio de San Antolín.
Pero, ¿quién era este hombre? Y sobre todo, ¿qué tiene que ver con el cementerio? Pues antes que nada, Pío Tejera es mi tatarabuelo. Es, hasta donde yo sé, mi primer antepasado directo en ser enterrado en el cementerio de Nuestro Padre Jesús, en 1902, a los diecisiete años de ser inaugurado.
Placa de la Calle Pío Tejera en el barrio murciano de San Antolín.
Fuente: Google Maps.

En mi familia el recuerdo de Pío Tejera ha estado siempre presente. Mi bisabuela, Manuela Tejera Sánchez -a quien su familia desheredó por amancebarse con un hombre, mi bisabuelo Ramón, pero esa es otra historia- le hablaba mucho de su padre a su hijo, mi abuelo Ramón, que no conoció, puesto que nació justo treinta años después de su muerte. Ramón le contó la historia de su abuelo Pío a mi padre, que hace unos años trató de investigar más sobre la figura de Pío Tejera. Nuestra familia ha conservado algunos materiales de interés, como su testamento y una fotografía de él, acompañado de su mujer, Dolores. En el transcurso de sus averiguaciones mi padre rescató documentos de gran interés, como un ejemplar del número 168 de la revista "Cartelera Murciana", correspondiente a la semana del 17 al 23 de junio de 1963, conteniendo una de sus páginas, en la sección "Excelentes caballeros murcianos" un artículo dedicado a la vida y obra de Tejera. Pero vayamos al grano.

José Pío Tejera y Ramón de Moncada nació el 5 de mayo de 1846 en Murcia, en el seno de una familia acomodada. No tuvo ningún título nobiliario, pero por familia materna, estaba emparentado con Luis Antonio de Belluga y Moncada, el conocido Cardenal Belluga (1662-1743).

Pío Tejera llegó a licenciarse en las carreras de Derecho y Filosofía y Letras. Su desahogada situación económica le permitió dedicarse a la lectura y la escritura.

Fue estrecho amigo y colaborador del aristócrata y erudito murciano Enrique Fulgencio Fuster y López, V Conde de Roche (1845-1906), con quien escribió y publicó, en 1884, "Saavedra Fajardo, sus pensamientos, sus poesías, sus opúsculos", una obra sobre el diplomático murciano que se valió el reconocimiento de la crítica tanto murciana como madrileña.
Por esos años Pío Tejera contrajo matrimonio con una tal Dolores Sánchez, con la que tendría nueve hijos: Carmen, Dolores, Antonia, Josefa, José Pío, Enrique, Manuela, Mercedes y Catalina.

José Pío Tejera con su mujer, Dolores Sánchez (circa 1880)
Fuente: recuerdo familiar.

La obra de Pío Tejera, como la de muchos de los eruditos murcianos de su época, se centra en temas regionales y locales. Así, encontramos el "Diccionario de Autores Murcianos", "Murcia fue así", "Guía nueva de Murcia", "Los Cuatro Santos de Cartagena", "La Bella Catedral de Cartagena" y su obra más célebre, la "Biblioteca del Murciano", donde realiza una extraordinaria compilación de toda la producción literaria de la región de Murcia desde la Edad Media hasta su época, obra que fue premiada por la Biblioteca Nacional de España en 1896. Cabe destacar que colaboró en diversos periódicos, tanto como cronista como para publicar algunas poesías, de temas murcianos.

Marcelino Menéndez Pelayo, uno de los gigantes de las letras españolas, y a quien Pío Tejera tuvo la oportunidad de conocer cuando éste visitó Murcia, dijo del murciano: "poeta fácil e ingenioso escritor castizo con dejes de sabor arcaico. Pocos han escrito el idioma castellano como él escribió. Leyendo a Tejera se leen los autores del Siglo de Oro el cual está íntimamente familiarizado con ellos".

José Pío Tejera falleció en Murcia el 6 de octubre de 1902. El Ayuntamiento de Murcia pagó, en homenaje al escritor, la tumba donde reposan sus restos, en el Cementerio de Nuestro Padre Jesús.

Lápida de José Pío Tejera, en el Cementerio de Nuestro Padre Jesús (Espinardo, Murcia).
Fuente: elaboración propia.

La vida y obra de José Pío Tejera merecerá la valoración que merezca. El bueno de Pío hubo de tener su opinión. Los que le conocieron, también, así como los que han leído su obra. Yo, que ni lo conocí ni he leído su obra (aunque esto último prometo hacerlo en algún momento de mi vida) solo puedo decir que, si en su época fue conocido, en la Murcia de 2020 es un completo desconocido. Que el olvido es justo o no lo decidirá cada cual cuando lea lo que escribió. Prueba de este olvido no es solo que nadie de mis coetáneos sepan de su existencia. Pío Tejera tampoco existe en Internet. Su presencia digital es prácticamente nula, lo que deriva en que mis fuentes para este artículo se hayan visto reducidas a un par de artículos que mis familiares han guardado con celo y alguna referencia fugaz en un par de artículos en Internet dedicados a otros personajes.

Pío Tejera ha sido olvidado por los murcianos, pero en mi familia ha sido elevado a mito, una suerte de divinidad doméstica romana del siglo XIX. Aunque mi bisabuela fuera repudiada y desheredada por su madre por compartir hombre con otra mujer en aquella época del amor libre que fue la Segunda República, la desclasada bisabuela Manuela, habló a sus hijos y nietos de las hazañas de su padre, que escribió tal o cual libro, descendía del Cardenal Belluga y fue, junto al Conde de Roche, el primer murciano en veranear en la Torre de la Horadada (el aristócrata compró al Estado una torre vigía abandonada y desamortizada a mediados del XIX y la reconvirtió en su casa de veraneo, hoy día en manos de sus descendientes y símbolo de la citada localidad del sur de Alicante).

El Cementerio de Nuestro Padre Jesús no es solo un almacén de huesos en forma de tumbas, panteones y osarios. Nuestro cementerio es un repositorio enorme de seres humanos, cada uno con una historia, con un relato del mundo que le tocó vivir, de la Murcia que conocieron. La historia de Pío Tejera es la historia de un hombre rico y que, aunque relevante en su tiempo, no consiguió pasar a la posteridad de la forma que lo hicieron otros de sus coetáneos. Su persona sigue siendo un misterio para los murcianos de hoy. Mientras tanto Pío descansa ahí, en nuestro cementerio, como tantos otros, esperando a que contemos su historia.

Bibliografía
  • López, J. (1963): Excelentes caballeros murcianos: d. José Pío Tejera. Cartelera murciana, 163 (1): 10.
  • Díez de Revenga, F. (2012): Enrique Fuster, Conde de Roche. Aristocracia y cultura. Revista de Estudios Filológicos, 23 (1): sin número.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Capítulo 1: los orígenes del cementerio de Murcia

Una brevísima introducción a la Historia del mundo funerario: de la Prehistoria a la Cristiandad medieval.

El Cementerio de Nuestro Padre Jesús es sin duda uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de Murcia. Pero antes de adentrarnos en él y descubrir sus panteones y tumbas, sus paisajes y las historias de las personas que allí descansan, es necesario que conozcamos primero la propia historia del cementerio, qué circunstancias empujaron al Ayuntamiento de Murcia a crearlo y el turbulento y prolongado proceso que llevaría a la definitiva creación del mismo.

Aunque el cementerio, tal y como lo entendemos hoy, es una creación contemporánea, sus orígenes se remontan a la Prehistoria reciente. Desde el mismo instante en que los seres humanos abandonaron los modos de vida nómadas y fundaron los primeros poblados, que con el paso del tiempo se irían haciendo más y más grandes, nuestros antepasados se encontraron con el problema de qué hacer con los difuntos. Aunque las estrategias de las distintas culturas y civilizaciones fueron –y son- variadísimas, digamos que una gran mayoría de grupos humanos optó por, a las afueras de las “ciudades de los vivos”, fundar otra ciudad donde descansaran eternamente aquellos que habían pasado a la Historia, una “ciudad de los muertos”, esto es, una necrópolis.

A esta conclusión llegaron en la Antigua Roma. Aunque inicialmente éstos enterraban a sus difuntos bajo las casas, finalmente esta práctica sería prohibida por ley, al comprobarse que los cadáveres eran focos de numerosas enfermedades. Así, los romanos fallecidos serían enterrados a las afueras de las ciudades, en los bordes de las vías de entrada y salida de las mismas, formando necrópolis. Los musulmanes, por norma general, continuaron esta práctica romana de enterrar a sus difuntos en tumbas dispuestas a lo largo de las vías de comunicación de las ciudades, siempre fuera de la muralla. Las diferencias más notables estriban en que en Roma, sociedad ampliamente multicultural, los ritos funerarios eran relativamente diversos, existiendo distintos rituales que podían terminar tanto con la inhumación del cadáver como con el entierro de sus cenizas si a este se le incineraba, al tiempo que el mayor o menor lujo del monumento funerario nos hablaba del estatus socioeconómico del difunto. Los musulmanes, en cambio, ceñidos a la estricta ley islámica, debían enterrar a sus muertos de la misma forma, de lado, sin ajuar y orientados hacia La Meca. Todas las tumbas debían ser iguales, reservándose el privilegio del mausoleo para aquellos individuos extraordinariamente importantes, como grandes santos o místicos.

Desde los mismos orígenes del Islam, la Ley Islámica ordena que las tumbas de todos los musulmanes deben ser humildes, apareciendo en los cementerios islámicos la una sociedad igualitaria, que no se corresponde con la realidad de los vivos. En la mayoría del resto de culturas, los muertos son tan desiguales como los vivos.
En la imagen, el cementerio tártaro-islámico de Varsovia, Polonia.
Fuente: Wikipedia Commons.

El panorama cambió con la llegada del cristianismo. Los cristianos comenzaron a enterrarse dentro o alrededor de las iglesias, siendo la ubicación del difunto  indicativo de la posición social del individuo. Los cristianos más ricos y poderosos se enterraban, si las dimensiones de la iglesia lo permitían, en una capilla anexa a la misma, financiada con su dinero y destinada a albergar los restos de su persona y su familia, así como al ofrecimiento de misas a Dios por sus almas. El resto de cristianos se enterraban bajo el suelo de la iglesia, siendo las posiciones próximas al altar las más prominentes. Los más pobres quedaban fuera de las iglesias, enterrándose en sus inmediaciones, formando pequeños cementerios.

Los siglos XVIII y XIX. El nacimiento del cementerio contemporáneo. La creación del Cementerio de Nuestro Padre Jesús.

Con el pasar de los años y los progresos en medicina e higiene públicas, en especial en el siglo XVIII, se hizo notorio lo absolutamente insalubre que suponía el tener, en una ciudad, varios edificios llenos de cadáveres en distintos estados de descomposición a los que acudían decenas de personas todos los días.

Así fue como el rey Carlos III, con el apoyo del conde de Floridablanca, dictó una Real Cédula en 1787 por la que obligaba a enterrar a los difuntos en cementerios construidos a las afueras de las ciudades. Esta medida se encontró con la oposición de la Iglesia, que no quería perder el monopolio de la gestión de la muerte, así como de la opinión en contra de gran parte de la sociedad española que, cargada de superstición, no querían dejar reposar a sus difuntos fuera de sagrado. Así vemos como, durante el reinado de la bisnieta de Carlos III, Isabel II, en 1849 vuelve a dictarse una Real Orden prohibiendo tajantemente el enterramiento en las iglesias, señal de que buena parte de la población había hecho oídos sordos a la orden de 1787.

Carlos III, Rey de España entre 1759 y 1788 fue uno de los principales exponentes del despotismo ilustrado en Europa, que buscaba conjugar las nuevas ideas de la Ilustración con el sistema político del Antiguo Régimen. La imagen corresponde a un retrato del monarca en 1765 por el alemán Anton Raphael Mengs.
Fuente de la imagen: Wikipedia.

Pero en la ciudad de Murcia la orden de Carlos III sí se cumplió, inaugurándose el 1 de noviembre de 1796 –bendiciéndolo el obispo- el cementerio de la Puerta de Orihuela, en el actual barrio de La Paz. Poco después, en 1811, y tras una epidemia de fiebre amarilla que diezmó la población de Murcia, abría sus puertas un segundo cementerio, conocido como de La Albatalía, de la Puerta de Castilla o de San Andrés, ubicado en el paso de la autovía por Ronda Norte, en aquel entonces un lugar ubicado en plena huerta y a un paseíco de la ciudad.

El transcurrir de los años iba a revelar la incapacidad de estos dos cementerios de absorber las necesidades de la ciudad. En el siglo XIX Murcia era una próspera ciudad de provincias que, estimulada por el desarrollo de la agricultura hortofrutícola de exportación y su lugar privilegiado en el cruce de caminos entre Madrid y Cartagena; y Andalucía y el Levante, sin prisa pero sin pausa, no dejaba de crecer. Así comenzó Murcia a extenderse hacia el cementerio de la Puerta de Orihuela, próximo a la ciudad: tanto es así que la misma capilla del cementerio comenzó a ser utilizada como parroquia por las personas que comenzaban a instalarse en las proximidades del camposanto.

Los problemas del segundo cementerio fueron distintos. Al construirse con las prisas propias de una epidemia, no se eligió el lugar más adecuado. Estaba más lejos de la ciudad que el otro, sí, pero en un terreno muy húmedo por la proximidad de varias acequias y bancales, generando problemas de olores y convirtiéndolo en un lugar desagradable. Así, una Real Orden de 1883 clausura estos cementerios, haciéndose imperiosa la necesidad de abrir uno nuevo, definitivo, cuanto antes, si bien en 1877 el arquitecto municipal, Gerónimo Ros Martínez, ya había comenzado con la planificación del nuevo cementerio, aunque abandonará el cargo en 1882 sin haber concretado nada.

Sin duda uno de los temas más importantes a tratar era el de la localización. En el mismo 1877, el marqués de Pinares donó unos terrenos de su finca en Santo Ángel, a los pies del santuario de la Fuensanta, para la creación del cementerio, con la condición de reservarse un lugar privilegiado para el panteón de su familia. Con todo, el Ayuntamiento desestimó la propuesta, pues en aquella época el lugar era ya un espacio de recreo para los murcianos, y levantar ahí un cementerio no parecía una buena idea, evitando, sin saberlo, que más de un siglo después el cementerio se convirtiera en el escenario del botellón de la romería de la Fuensanta. Finalmente, en 1883, el Ayuntamiento convocó a los murcianos a un concejo abierto donde se decidiera definitivamente el lugar, que resultó elegido por gran mayoría: los Llanos de Espinardo y el cerro de San Cristóbal. 

El proyecto de un nuevo cementerio tuvo a su principal enemigo en los obispos de Cartagena, destacando el prelado Tomás Bryan (1885-1902). En 1880 el proyecto quedó paralizado por falta de entendimiento entre las partes. Pero el Ayuntamiento, ante la necesidad de contar con un nuevo cementerio, decidió proseguir. Esta vez contó con el decidido apoyo de los murcianos, viviéndose en la ciudad, ante la cabezonería del obispo por impedir la construcción del cementerio, varios episodios de anticlericalismo, aunque de poca importancia.

Así, en 1884 se compraron 90 000 m2 en el lugar, comenzando las obras. En esta primera fase se construyó el muro perimetral y algunos pabellones, faltando la capilla y la portada monumental. A pesar de ello, el 1 de noviembre de 1885 se realiza el acta de recepción y el párroco de Espinardo bendice el camposanto el 5 de junio de 1887. El encargado de la bendición fue el cura de Espinardo debido a que el obispo no pudo acudir “por motivos de salud”: por oposición al cementerio.

Esta negativa  de Bryan al cementerio se saldó con nuevos episodios de disturbios en la ciudad en apoyo al Ayuntamiento. Las partes se entendieron finalmente ese mismo 1887, comprometiéndose el Ayuntamiento a indemnizar a la Diócesis de Cartagena con 1500 pesetas por la pérdida de los dos cementerios anteriores –de propiedad eclesiástica- y con la cesión gratuita de un terreno en el nuevo cementerio para la sepultura de sacerdotes y religiosos/as que no fueran de clausura.

Será el Gobernador Civil de Murcia el encargado de presidir la inauguración oficial, el 28 de octubre de 1887, inaugurándose la capilla y produciéndose el primer enterramiento oficial, aunque, en esos meses de vida, la cifra de enterrados rondaba ya los ochocientos. A pesar de ser un cementerio inaugurado y en funcionamiento, faltaba terminar el lado sur del recinto, edificando una portada monumental de acceso.

Plano General del nuevo cementerio de Nuestro Padre Jesús.
Fuente: Archivo Municipal de Murcia.

A finales de 1887, Rodolfo Ibáñez, arquitecto municipal y director de las obras del cementerio, deja el cargo por motivos de salud. Ocupará su lugar el arquitecto José Marín Baldo, que morirá en 1890 sin haber realizado obras de entidad en el cementerio. En 1891 es nombrado sucesor de Marín Baldo un joven llamado Pedro Cerdán Martínez (1863-1947).  Cerdán, nacido en Torre-Pacheco, es sin duda uno de los arquitectos más célebres de la Región. A lo largo de su vida diseñará edificios de corte ecléctica o modernista como el Mercado de Verónicas, la fachada del Casino –junto al escultor Manuel Castaños- y los colegios Cierva Peñafiel, García Alix, El Carmen y Andrés Baquero, todos ellos en la ciudad de Murcia; así como la Casa del Reloj, en San Pedro del Pinatar; y el Mercado de La Unión, en colaboración con Víctor Beltrí.

El arquitecto pachequero Pedro Cerdán Martínez (1863-1947), cuyas obras embellecen ciudades de toda la Región.
Fuente: Región de Murcia Digital.

Antes de que pudiera desarrollar toda esta brillante carrera, Pedro Cerdán se estrenó rematando nuestro cementerio municipal, diseñando la que sería la portada monumental del Cementerio de Nuestro Padre Jesús, construida entre 1895 y 1896. Su historia, como la del cementerio en sí, también está plagada de desacuerdos, peleas y divertidas anécdotas. Pero eso ya es otra historia.

 Bibliografía y Webgrafía:

miércoles, 21 de octubre de 2020

PRESENTACIÓN DEL BLOG


Bienvenidos a "No es serio este cementerio", iniciativa nacida en el marco de la asignatura de TIC para la Historia, del cuarto curso del Grado en Historia de la Universidad de Murcia, con el objetivo de dar a conocer, especialmente a jóvenes y estudiantes, el Cementerio de Nuestro Padre Jesús, el cementerio municipal de Murcia.

La mayoría de personas concebimos el cementerio como un lugar triste, donde procuramos ir lo mínimo posible, solo cuando vamos a enterrar a un familiar o amigo fallecido, o a apoyar en su duelo a un ser querido que ha perdido a alguien. Pero más allá de esto, los cementerios son interesantísimos lugares llenos de Arte e Historia. Durante los últimos 140 años, el Cementerio de Nuestro Padre Jesús ha acogido a centenares de miles de personas que han venido a parar a él para descansar en paz. Su imagen es el reflejo de una ciudad y de los acontecimientos que la gente de Murcia ha vivido en casi un siglo y medio: desde los bellos panteones historicistas que la burguesía murciana edificó a finales del siglo XIX hasta el segundo cementerio islámico más antiguo de España, pasando por el cenotafio en honor a los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales que pasaron por Murcia en su lucha contra el fascismo.

En la imagen de abajo vemos la portada monumental del cementerio, diseñada por el arquitecto municipal Pedro Cerdán Martínez y construida en 1895. ¿Te atreves a cruzar sus puertas? Una Murcia, desconocida y apasionante, te aguarda.

¡Estad atentos a nuestras publicaciones!
                               
Portada ecléctica del Cementerio de Nuestro Padre Jesús (1895-1897).
Arquitecto: Pedro Cerdán Martínez (1863-1947).
Fuente: imagen propia.



Capítulo 4: Nuestro Padre Jesús y la memoria histórica

  En esta última entrada descubriremos un aspecto más de nuestro querido cementerio municipal. Hablaremos del cementerio como un lugar de m...